“Huye solo, tienes más posibilidades sin mí. Yo estaré bien”, fue el último diálogo de Carlota Vallebona con Ronald Rivera, arriba del techo de una de las casa de seguridad del movimiento revolucionario VOP, en calle Coronel Alvarado 2711.

Así relata ella la última vez que vio con vida a su pareja aquella madrugada del domingo 13 de junio de 1971. Según la información oficial ese día su primer amor, luego de cinco horas de enfrentamiento contra carabineros, detectives, militares del regimiento Buin y aviones de la Fuerza Aérea, fue baleado en el techo de una casa al intentar escapar del cerco policial en el sector del Hipódromo Chile, en un operativo que buscaba dar con los sospechosos de asesinar a sangre fría a Edmundo Pérez Zujovic (demócrata cristiano y exvicepresidente del gobierno de Eduardo Frei Montalva), el martes de esa misma semana. Así el gobierno de la Unidad Popular ponía fin a este grupo armado.

En 1969, Carlota se preparaba para ser monja y poder ayudar a los pobladores de su natal Arica. Pronto, tendría que cambiar su nombre por uno eclesiástico y cortar su largo cabello negro para llevar el hábito religioso. Y si bien en el futuro cambiaría su nombre, comenzaría a llevar su pelo extremadamente corto y ayudaría a los más pobres, lo hizo en la clandestinidad, bajo la chapa de Natacha y de la mano de su compañero Ronald (alias Antonio o Manuel Campillay), uno de los líderes de la VOP. Se conocieron cuando él todavía integraba el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y fue enviado desde Santiago con la misión de buscar un paso seguro entre Arica y Tacna, para poder ingresar armas y tener una vía de escape del país ante cualquier eventualidad. 

Ahora Carlota ya no participa activamente de ningún grupo político. Mira de lejos sus funciones en la VOP y los dos períodos en que estuvo detenida: en el gobierno de Salvador Allende y en la dictadura de Augusto Pinochet. Actualmente participa en actividades sociales y solidarias en una iglesia de Bergen, Noruega (donde reside como refugiada política desde 1977), y en las noches se sube a un carrito eléctrico y recorre la fría ciudad buscando gatos abandonados para darles agua y comida.

–Aparte de la iglesia, ¿participa en otra organización?

–Trabajo con los animales. Hace casi 30 años, cuando me cambié al centro de Bergen, llegaban gatitos en muy mal estado y empecé a darles comida. Todas las noches yo voy por las calles de Bergen, en un carrito que me entregó el Estado noruego, repartiendo comida a los gatos. Les llevo sus porciones listas.

–¿Y usted tiene gatos?

–Dos. Una está media inválida, se llama Lota. Y la otra se llama María Celeste.

Me causa curiosidad que el nombre que usted elige para operar en la clandestinidad es el mismo nombre que le pone a su hija.

–Ella está feliz con el nombre. Y en Noruega a la gente le encanta que se llame Natacha. Ella es concejal de la Socialdemocracia en Noruega, que es el partido de los trabajadores. Mi hija dice: los temas de los sindicatos los obtuve del pecho de mi madre. Y fíjate que cuando me encontraba con los muchachos del Pedagógico de la Universidad de Chile, mi nombre era Joaquín. Nunca se lo conté a mi hija, pero mi nieto se llama Joaquín. Son cosas que no se pueden explicar.

–¿Queda algo de Natacha en usted?

–Soy la misma de antes. No he cambiado un pelo de lo que he pensado siempre. Sigo siendo revolucionaria, sigo pensando que la situación del pueblo chileno tiene que cambiar para bien y no ha cambiado nada. 

–¿Qué le pareció el país cuándo llegó?

–Venía del aeropuerto y vi las casas callampa. Es lo mismo que dejé hace más de 40 años, está la misma situación de pobreza y desigualdad. Los compañeros que cayeron muertos, torturados, toda la represión y el trabajo que quisimos hacer los jóvenes de los años 60 y 70, no sirvió de nada. Ves a la gente viviendo en los hoyos de la ribera del río, solo con carpas, es terrible.

–¿Cómo recuerda el inicio de la relación con Ronald Rivera, fundador de la VOP?

–En las tardes, después del colegio, me iba a la iglesia porque vivía para poder ser monja. Me empecé a dar cuenta que vives aquí y no ves lo que está pasando en la población que se instaló al lado de tu casa. Las monjas iban a las poblaciones callampa, hablaban de Dios y decían que no podías ir con cosas materiales, porque después la gente te iba a esperar por esas cosas. Me daba remordimiento de conciencia porque a los pobladores no les servía de nada que fuera a hablar de Dios si no podía ayudar de forma práctica también. Y en ese momento conozco a Ronald, que desde el primer momento quería que fuera su compañera y prepararme políticamente. 

–Se hizo conocida públicamente después del asesinato de Edmundo  Pérez Zujovic y pese a aparecer en todos los medios de comunicación, no habló con la prensa en casi 50 años. ¿Por qué decide hablar ahora?

–Fuera de todo lo feo que dijeron de mí, me molestó que no se preocuparan de corroborar la información, tiraban todo lo que Investigaciones decía. Y también era un problema ideológico muy fuerte, porque en el libro cuento que nosotros fuimos un instrumento de la Unidad Popular, trabajamos con el director de Investigaciones Eduardo Paredes (cuyo nombre en la clandestinidad era Doctor Linares). Entonces si salía hablando que en el asesinato de mi compañero estaba metido un tipo de alto perfil de la UP, que él nos había entregado documentos y todo, era darle alimento a la derecha. Y eso no me gusta, porque a pesar de que fui torturada por la izquierda, sigo siendo de izquierda.

El libro está disponible en la librería del GAM, Metales Pesados, El Lago Budi, en Santiago; y En El Blanco de Valparaíso

–¿Por qué cree que fueron utilizados?

–Al comienzo no hilé tan fino, pensé que todo era una maniobra individual de Paredes y que Allende no tenía nada que ver. Pero después supe que Allende tenía una amistad bien estrecha con él. Así que creo que Allende trató de usar todos los medios para mantenerse en el poder. Para eso tenía que pactar con la DC y Edmundo Pérez Zujovic  era un problema para cerrar ese acuerdo.

–Las violaciones a los DD.HH en Chile están principalmente asociadas a la dictadura de Pinochet. Pero usted y otros miembros de grupos armados revolucionarios fueron torturados en los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y de Salvador Allende.

En todos los gobiernos de Chile se ha torturado. En el gobierno de Allende me golpearon, me patearon, me dejaron sin comer y todo eso estando embarazada. Probablemente la dictadura batió récords, ya que fueron mucho más sangrientos, pero eso no quita que en los tiempos de la Unidad Popular se practicó la tortura, y lo peor es que fue entre lo mismos compañeros. 

–También relata un intento de violación de un miembro del MIR. Y sus compañeros, sabiendo lo ocurrido, le piden que siga trabajando en esa misión conjunta. ¿Cómo recuerda eso?

–Fue una experiencia bien fea que nunca imaginé. Pensaba que todos eran como Ronald, entonces me llevé bastantes decepciones, incluso con los exiliados chilenos en Europa. A veces, cuando me enojo, me digo a mí misma: estuvo bien que nos hicieran bolsa, porque estos dirigentes hubieran echado a perder a un país. Pero también he encontrado compañeros que son extraordinarios. Es un poco difícil ya que encuentras a individuos que no entienden que el poder, en la parte que estés, no es tuyo. Es para hacer un buen trabajo por el pueblo. Pero esas personas la ideología, la consecuencia obrera, no la tenían, porque muchos de los universitarios se hicieron revolucionarios porque estaba de moda. Entonces las chiquillas se volvían locas por ellos y era choro ser mirista.

–¿Qué labores cumplía usted en la VOP?

 –No te puedo contestar a esa pregunta, me pondría la soga al cuello. 

Nuestro Ronald era muy cuidadoso de que yo no tuviera más información de la que debía. Por cosa de seguridad mía también. Creo que me salvó la vida, porque a Ronald lo mataron para que no hablara. El miedo que él tenía, porque nosotros teníamos una relación muy linda, nos queríamos mucho, y el temor de él era que me torturaran delante de él. Se preguntaba si él podía aguantar eso. Eso es lo que me decía a mí, no puedes hablar, no puedes decir esto o lo otro. Te digo que nadie que yo conocía cayó conmigo. No cayó nadie. El que nos vendía armas, el que nos contaba las cosas, nadie, toda esa gente está libre hasta el día de hoy. Porque si yo hubiera dicho en ese momento que vi a Paredes, que era el director de Investigaciones, oye, él pasó las cosas, me matan. De eso ten por seguro. Y la otra cosa que me salvó de que no me pusieran corriente, es que me creyeron que yo no sabía nada, porque me veía muy niña. Me presionaron bastante, pero vieron que yo no largaba nada pa afuera, entonces creyeron que yo no sabía nada. Llegaron a unas atrocidades horribles. 

–¿Cuál es el análisis de la vida política y de la vía armada que decidió tomar?

–Por supuesto que cometimos errores. Cuando planificas una expropiación estudias los minutos, las tareas que tiene que hacer cada persona, pero no cuentas cómo puede reaccionar la víctima. Y en esa parte se falló, porque en casi todos los casos las víctimas reaccionaron. Por ejemplo en el Banco Panamericano, el carabinero no paraba de disparar. Fue duro, yo viví la parte en que Ronald llegaba a la casa y había muertes.

–Esos son errores de planificación en los robos. Ahora le pregunto si hubo algún error en optar por la vía armada como opción política.       

–Las expropiaciones tenían un fin, que era financiar la guerrilla. Y el dinero había que ir a buscarlo a los bancos, porque ellos son los que roban el dinero a los pobres.

–¿Sigue pensando que la vía armada es una buena opción?

–No creo, porque hicimos asaltos y distintas cosas para cambiar la sociedad a través de la lucha armada, pero (silencio) no nos fue bien. Nos metieron presos, nos torturaron  y nos mataron. Ahora, cuando es el día del joven combatiente mi corazón se pone triste, así que escribo en el Facebook: “Por favor chiquillos no salgan a la calle a que los maten. Busquen otra alternativa porque ya han muerto demasiado chicos buenos”. No vale la pena que sigan muriendo jóvenes, hay que buscar otra alternativa, hay que buscar otra forma.

Carlota Velladona, ex VOP; Pablo Morales ex Mapu Lautaro, 12 años preso en los gobiernos de la Concertación; Dagoberto Pérez Videla, hijo de Sergio Pérez y Lumi Videla, militantes del MIR; Felipe Guerra, Editorial Tempestades, ex Caso Bombas.

–¿Cómo ve la política chilena hoy día?

Lamentablemente escucho el discurso de (José Antonio) Kast en la radio, que tiene mucho apoyo. Igual que (Joaquín) Lavín. Entonces es muy probable que entre los dos se peleen el futuro gobierno. Así que no veo esperanza, esta cosa se va a ir a un hoyo porque no veo alternativas en la izquierda, no escucho a nadie que se la juegue y que diga las cosas que el pueblo quiere escuchar. Es bien triste el panorama. Solo rescato a (Gabriel) Boric. Él es directo y combativo. 

–En el 2012 se levantó un memorial en homenaje a Edmundo Pérez Zujovic en Vitacura. ¿Sabía eso?

–No, solo sabía que tiene una avenida. Pero acá en Chile es así, la sociedad premia a gente que no lo merece y se condena a los que verdaderamente se la juegan. Porque la sociedad está hecha así, pero a mí no me parece que el tipo merezca un monumento ni mucho menos, ya que tuvo una línea bastante dura cuando fue ministro de Frei.

–¿Se arrepiente de algo?

–No (silencio). Mira, la verdad es que sí. De lo único que me arrepiento es de no haber ido con Ronald ese día. Por supuesto que nos habrían matado a los dos, pero al menos habrían tenido más trabajo al tener que sacar dos cadáveres.

Lanzamiento libro: sábado 19 de octubre, a las 17:00 horas, en Punitaqui #2793. Población Nuevo Amanecer (ex Nueva La Habana), La Florida.